1945. 6 de agosto. 9:17 horas. El hombre contra el hombre. El hombre inhumano, el hombre creyendo ser Dios. Vientos de 1.200 kilómetros por hora y un calor de diez mil grados provocados por una travesura de Little Boy (Niño Pequeño), recorrieron Hiroshima en cuestión de segundos e hicieron desaparecer instantáneamente a cien mil civiles. Todo se calcinó y se volvió cenizas; la mayoría de los seres alcanzados por la muerte en ese instante no sólo murieron sino que literalmente desaparecieron; se volvieron ruinas, no hubo distinciones: edificios, hombres, plantas, niños, vehículos, todos se transformaron en parte de un mismo montón de escombros. Los que no murieron vagaban por las calles mutilados, quemados.
El presidente Truman haciendo caso al refrán había decidido utilizar a Little Boy, la primer bomba nuclear, "por razones humanitarias, para evitar más muertes en una guerra que ya tuvo demasiadas". Sin embargo y por las dudas, cuando la guerra ya había terminado, otra bomba devastadora explotó en Nagasaki.
El mundo entraba en una nueva era, la era nuclear. Los pensamientos apocalípticos fluyeron como un furioso río y la angustia se esparció con la velocidad de los vientos de la onda expansiva causada por el aliento de Little Boy. En todos los periódicos quedó plasmada la noticia y la foto del hongo atómico fue el símbolo de la catástrofe. Basta mirar dicha fotografía para que nuestra memoria se tiña de negro recordando las muertes, la destrucción, el terror, las mutilaciones, los efectos de la radiación y las secuelas que aun hoy perduran. Me pregunto cuándo volverán a crecer las flores en Hiroshima.
28 de enero. 1986. Diez... Nueve... Ocho... Estados Unidos a un paso de encabezar la carrera espacial que disputaba con Rusia... Siete... Seis... Cinco... Seis astronautas profesionales y una civil a bordo del orgullo estadounidense...Cuatro... Tres... Dos... El Challenger fue lanzado al espacio a las 11:40 de aquel día. Pero no llegó. Después de casi dos minutos, el orgullo de una nación entera empezó a humear y pronto estalló ante millones de espectadores de todo el mundo. El hombre, orgulloso y desafiante, no supo hacer caso a la advertencia: El lanzamiento había sido postergado ya cuatro veces por "desperfectos menores", pero el hambre desesperada de fama, de reconocimiento y de poder fue mas fuerte.
Los siete participantes de la hazaña, los héroes, desaparecieron, se calcinaron, y con ellos la ilusa suposición de que si un civil, una persona común, lo lograba, entonces el espacio estaría al alcance de todos. La imagen del Challenger (retador, quien desafía) con una cola anaranjada mostraba una vez más la debilidad, la imperfección del hombre y su razón.
Dos inventos de la ciencia: Little Boy y Challenger, Pequeño Niño y quien Desafía. Ni el primero fue inocente, ni el segundo tan efectivo. Mi memoria se tiñe de negro cada vez que recuerdo esas imágenes que son sólo un pequeño panorama de enormes tragedias que el hombre había provocado en el afán de controlarlo todo, por la insaciable sed de poder, por el orgullo hipócrita de creerse superior. Hipócrita y paradójico, porque a pesar de comprobar una y otra vez su imperfección, vuelve de nuevo a desafiar sus propios límites sin tomar las precauciones suficientes, sin analizar las probables pérdidas.
La memoria puede ser colectiva o individual, pero siempre se refiere a algo que nos impactó, que nos marcó. Pienso que los hombres tenemos tanta capacidad para recordar hechos horrorosos como para provocarlos. Sin embargo no hace falta indagar demasiado en la memoria de cada uno para verificar esto. Son innumerables los casos en los que el hombre, por interferir en el curso de lo natural, por intentar controlarlo, ha logrado destruir a sus pares, ha jugado en contra de si mismo, de sus bienes... Basta con pensar en todas las oportunidades en que se ha utilizado la pólvora, desde guerras multitudinarias con millares de muertos y heridos hasta una bala perdida que mata a un inocente; basta con pensar en los desastrosos efectos que la civilización, la urbanización y la industrialización han provocado al caminar e invadir los espacios naturales.
Dirán que con un criterio como el mío, el desarrollo de la humanidad y de su increíble capacidad de razonamiento quedarían postergados, truncos. No es esto lo que propongo ni la bandera que izo en esta reflexión; lo que sí intento es abrazar la posibilidad de un replanteo general sobre el accionar de la comunidad mundial. Pienso que los hombres deberíamos poner en la balanza las posibles pérdidas y los posibles beneficios que devienen de cada avance científico, de cada decisión, de cada innovación, para poder detenernos a tiempo, para no tener que lamentarnos después de que el paso haya sido dado. Si esto se ha planteado cinco veces en cada oportunidad, pues deberíamos replantearlo diez veces y no cinco. Si el ser humano posee la increible capacidad de razonamiento como un sol particular, exclusivo de la especie, debería procurar que la luz que emana al iluminar el camino de los descubrimientos no ensombrezca su capacidad de discernir lo bueno de lo malo, los avances de las involuciones. No demos un paso para luego retroceder diez, no nos pongamos en la cómoda situación de aprender de los errores cuando en ellos se van las vidas de miles de seres.
La memoria es algo que esta vivo, pero no tiene vida propia, depende de nosotros, de cada uno, del color y la forma que le damos. Entonces digo yo hoy: que todo lo que pasó, lo bueno y lo malo, lo que está en nosotros se mantenga vivo y latente en nuestra mente para no volver a reptir nuestros errores negligentes, para no volver a repetir el error de permitirnos errar.