sábado, abril 15, 2006

Lluvia en El Carmen

Hoy te vi como nunca
Te había visto estar,
O te observe como nunca
Te había sabido observar.

Dios pintó con su lluvia
Todos los rincones con cuidado
Y cubrió todo el suelo del campo
Con un verde acuarelado.

Verde de todos los colores
Se ven en el paisaje,
Y mil pájaros cantores
Se ocultan en el follaje.

Entre amarillos y verdes
Oscilan los colores:
De verde pintado el pasto,
Y de amarillo las flores.

La lluvia había pasado
Pintando todo el lugar
De colores más brillantes
Y perfumes sin igual.

El sanjón mucho más agua
Traía en su caudal
-Lo vi cuando por la tarde
Salí a caminar-

La tobiana ya está vieja,
La vi de lejos andar...
Llevaba un paso cansado,
Como arrastrando su edad.

La glicina florecida
Adorna bien un balcón.
No he visto algo parecido
A esa flor en su esplendor.

A los nogales sin sus hojas
Todavía se los ve.
Algún día darán frutos
Dulces como la miel.

La huella ennegrecida
Me llevó a observar
Esa avenida añeja,
Que a tantos vio pasar.

Se huele a tierra mojada,
A trabajo y dignidad,
Aveces huele a familia,
Pero hoy huele a libertad.



Mercedes Guazzelli
Año 2000

Al Viejo Casco de Estancia

Nido de una enorme familia
Viejo casco de estancia,
De eucaliptos, de clavel del aire
Y de amor es la fragancia.


De quinta y de araucaria,
Nogales, pinos y acacias,
El viejo banco de piedra,
La casa, recuerdos encierra.

Galería de pinos añejos,
Avenida de deseados regresos;
Verano, invierno, pascuas
Y algunos tantos festejos.

Galpón viejo y grande que es nido
De largos y alegres paseos,
De los tíos, de los abuelos
Y ahora también de los nietos.

Cerca está la noria,
El tanque y el molino
Agua, sudor de los tilos,
Sombra de verano tranquilo.

Cercos y cancha de crocket,
Nogales que frutos dan,
Dan sombra pal' calorcito
Y ramas para trepar.

Un potrero y el arroyo
Bordeado de sauces y mimbres.
Vieja turbina y compuerta,
De frescura están cubiertas.

Un pic-nic en el arroyo
O en las misteriosas cuevas,
Galleta en los bolsillos
Que hay que abrir las tranqueras.

Cortando entre pajonales
Hay bichos muy especiales:
Perdices, liebres y zorros
Alguna que otra mulita.

El paso por el arroyo,
Largas y divertidas cabalgatas.
¿Por qué no una caminata?
Y de vuelta a la casa.

Terraplén donde había un tanque
Hoy es realce para el roble,
Hay cancha y hay cabaña
Pero aún la quinta es noble.

Mandarinas y ciruelas,
Manzanilla, guinda e higuera.
Vieja casita de quinta
Tapada de enredadera.

En el árbol un petirrojo,
Un carancho en el arroyo,
Palomones en los montes
Coro de raras voces.

Eucaliptos y el tinglado,
Herrería y gallinero,
Aromos y algunos mugidos
Griterío de los teros.

Cielo, Patria y sudores
Se desprenden de su suelo.
No olvidaré esa fragancia
Del viejo casco de estancia.

A "El Carmen "
Mercedes Guazzelli Usandizaga
Nov. 1998

¿Dulces Sueños?


Tal vez usted sea de aquellos que gustan de lo tradicional y por esto le cuenta los más clásicos cuentos a sus hijos... Porque ¿qué es la infancia sin Caperucita Roja, Cenicienta, y todos aquellos famosos personajes? ¿no? Sin embargo, si nos detenemos a escuchar atentamente dichos relatos, descubriremos que no son tan dulces e inocentes como pensábamos, y que están teñidos de muerte, de escenas desagradables y de violencia.
Seguramente, cuando termina de contarle a su hijo el cuento de Caperucita Roja, jamás olvida aclararle al niño que lo que nos enseña esta historia es que no hay que hablar con extraños. Pero seguramente no recuerda decirle que el extraño (el lobo del cuento) es un caníbal, muy poderoso y que si por una travesura el niño habla con él, éste se lo devorará. Igualmente no hay nada de que preocuparse ya que seguramente quedará vivo adentro del estómago del extraño caníbal. Además esto, según el cuento, no parece ser muy desagradable; no parece haber jugos gástricos ni otras sustancias que puedan molestar dentro del cuerpo del caníbal... De todas formas, después de un rato algún héroe que intuirá que algo está pasando (aunque no sepa exactamente qué), le abrirá la panza de lado a lado al caníbal y sacará al niño (que como ya dijimos, estará vivo)... entonces todos serán felices y comerán perdices... ¡Ay! No, no, ¡todavía falta la venganza! El héroe le va llenar la panza de piedras al extraño y se la suturará. En el cuento el lobo se cae y se ahoga en un pozo de agua cuando se acerca a beber; en la realidad el extraño tal vez se ahogue en los Lagos de Palermo, o en su bañadera; no sé. Qué más da, como dice el cuentito, por suerte todo fue nada más que un susto.
También me imagino que usted les cuenta a sus hijos, sobre todo a las niñas, el maravilloso cuento de amor de Blancanieves... Después de las atrocidades que la maldita reina le hizo a la joven y bella Blancanieves, un príncipe montado en un brioso corcel blanco pasó por el bosque donde vivían los enanos y la vio muerta en una caja de cristal (por suerte el cadáver no se estaba descomponiendo). Quedó prendado de su belleza, entonces le dio un beso y rompió el hechizo. Menos mal que Blancanieves era linda porque si la niña hubiera sido medio feúcha, el príncipe (que obviamente también era lindo) ni loco le hubiera dado un beso y la pobre habría quedado ahí medio muerta, vaya a saber uno hasta cuando... Si alguna de su hijitas tiene dudas sobre si es linda o fea, es decir sobre si será salvada o no, dígale que le pregunte al espejo porque usted ya sabe (por lo que dice el cuento) que el espejo te bate la precisa, sin vueltas...
Hoy a la noche ¿qué cuentito le toca leerle a sus hijos para que duerman tranquilos y sueñen con los angelitos?

Pena de Muerte


Todo está en tinieblas. Sobre mi cabeza coronada se lee mi causa. Mis brazos están extendidos y abajo están mi Madre y mi amado amigo entre otras personas. Se estremecen por mi cuerpo malherido y agonizante. Me miran con caras desencajadas de dolor y surcadas por lágrimas. Se que pronto comprenderán. También están los que ejecutan mi condena regocijándose, aunque no muero por la condena que me profesan. Muero por ellos. Siento un profundo dolor espiritual... ¡La carga es tan grande!. Ya todo está cumplido, pero Padre ¿por qué me has abandonado? En tus manos encomiendo mi espíritu.

Negra Memoria

1945. 6 de agosto. 9:17 horas. El hombre contra el hombre. El hombre inhumano, el hombre creyendo ser Dios. Vientos de 1.200 kilómetros por hora y un calor de diez mil grados provocados por una travesura de Little Boy (Niño Pequeño), recorrieron Hiroshima en cuestión de segundos e hicieron desaparecer instantáneamente a cien mil civiles. Todo se calcinó y se volvió cenizas; la mayoría de los seres alcanzados por la muerte en ese instante no sólo murieron sino que literalmente desaparecieron; se volvieron ruinas, no hubo distinciones: edificios, hombres, plantas, niños, vehículos, todos se transformaron en parte de un mismo montón de escombros. Los que no murieron vagaban por las calles mutilados, quemados.
El presidente Truman haciendo caso al refrán había decidido utilizar a Little Boy, la primer bomba nuclear, "por razones humanitarias, para evitar más muertes en una guerra que ya tuvo demasiadas". Sin embargo y por las dudas, cuando la guerra ya había terminado, otra bomba devastadora explotó en Nagasaki.
El mundo entraba en una nueva era, la era nuclear. Los pensamientos apocalípticos fluyeron como un furioso río y la angustia se esparció con la velocidad de los vientos de la onda expansiva causada por el aliento de Little Boy. En todos los periódicos quedó plasmada la noticia y la foto del hongo atómico fue el símbolo de la catástrofe. Basta mirar dicha fotografía para que nuestra memoria se tiña de negro recordando las muertes, la destrucción, el terror, las mutilaciones, los efectos de la radiación y las secuelas que aun hoy perduran. Me pregunto cuándo volverán a crecer las flores en Hiroshima.
28 de enero. 1986. Diez... Nueve... Ocho... Estados Unidos a un paso de encabezar la carrera espacial que disputaba con Rusia... Siete... Seis... Cinco... Seis astronautas profesionales y una civil a bordo del orgullo estadounidense...Cuatro... Tres... Dos... El Challenger fue lanzado al espacio a las 11:40 de aquel día. Pero no llegó. Después de casi dos minutos, el orgullo de una nación entera empezó a humear y pronto estalló ante millones de espectadores de todo el mundo. El hombre, orgulloso y desafiante, no supo hacer caso a la advertencia: El lanzamiento había sido postergado ya cuatro veces por "desperfectos menores", pero el hambre desesperada de fama, de reconocimiento y de poder fue mas fuerte.
Los siete participantes de la hazaña, los héroes, desaparecieron, se calcinaron, y con ellos la ilusa suposición de que si un civil, una persona común, lo lograba, entonces el espacio estaría al alcance de todos. La imagen del Challenger (retador, quien desafía) con una cola anaranjada mostraba una vez más la debilidad, la imperfección del hombre y su razón.
Dos inventos de la ciencia: Little Boy y Challenger, Pequeño Niño y quien Desafía. Ni el primero fue inocente, ni el segundo tan efectivo. Mi memoria se tiñe de negro cada vez que recuerdo esas imágenes que son sólo un pequeño panorama de enormes tragedias que el hombre había provocado en el afán de controlarlo todo, por la insaciable sed de poder, por el orgullo hipócrita de creerse superior. Hipócrita y paradójico, porque a pesar de comprobar una y otra vez su imperfección, vuelve de nuevo a desafiar sus propios límites sin tomar las precauciones suficientes, sin analizar las probables pérdidas.
La memoria puede ser colectiva o individual, pero siempre se refiere a algo que nos impactó, que nos marcó. Pienso que los hombres tenemos tanta capacidad para recordar hechos horrorosos como para provocarlos. Sin embargo no hace falta indagar demasiado en la memoria de cada uno para verificar esto. Son innumerables los casos en los que el hombre, por interferir en el curso de lo natural, por intentar controlarlo, ha logrado destruir a sus pares, ha jugado en contra de si mismo, de sus bienes... Basta con pensar en todas las oportunidades en que se ha utilizado la pólvora, desde guerras multitudinarias con millares de muertos y heridos hasta una bala perdida que mata a un inocente; basta con pensar en los desastrosos efectos que la civilización, la urbanización y la industrialización han provocado al caminar e invadir los espacios naturales.
Dirán que con un criterio como el mío, el desarrollo de la humanidad y de su increíble capacidad de razonamiento quedarían postergados, truncos. No es esto lo que propongo ni la bandera que izo en esta reflexión; lo que sí intento es abrazar la posibilidad de un replanteo general sobre el accionar de la comunidad mundial. Pienso que los hombres deberíamos poner en la balanza las posibles pérdidas y los posibles beneficios que devienen de cada avance científico, de cada decisión, de cada innovación, para poder detenernos a tiempo, para no tener que lamentarnos después de que el paso haya sido dado. Si esto se ha planteado cinco veces en cada oportunidad, pues deberíamos replantearlo diez veces y no cinco. Si el ser humano posee la increible capacidad de razonamiento como un sol particular, exclusivo de la especie, debería procurar que la luz que emana al iluminar el camino de los descubrimientos no ensombrezca su capacidad de discernir lo bueno de lo malo, los avances de las involuciones. No demos un paso para luego retroceder diez, no nos pongamos en la cómoda situación de aprender de los errores cuando en ellos se van las vidas de miles de seres.
La memoria es algo que esta vivo, pero no tiene vida propia, depende de nosotros, de cada uno, del color y la forma que le damos. Entonces digo yo hoy: que todo lo que pasó, lo bueno y lo malo, lo que está en nosotros se mantenga vivo y latente en nuestra mente para no volver a reptir nuestros errores negligentes, para no volver a repetir el error de permitirnos errar.

Sangre

El berrido del animal sacrificado me sacudió la sangre, pero me quedé quieta. Vi los ojos y las manos de Iglesias concentradas en la faena, mientras la cocinera con una olla de aluminio recibía la sangre que brotaba como un chorro del chancho recién muerto. En el fogón el agua ya hervía y el peón junto a los muchachos de la casa grande se dispusieron a pelar el animar. Con sus brazos masculinos la cocinera se llevó la olla de sangre y trajo los cuchillos afilados. El peón sacó el suyo de su espalda para empezar. Corría como ríos el agua hirviendo por el cuerpo y detrás pasaban los cuchillos arrasando el sucio pelo del chancho. Uno de los muchachos arremetía con saña las orejas, otro la pata trasera. El agua hirviendo era transportada con jarras de lata desde el fogón hasta la mesa de carneada. Y los cuchillos seguían el cauce del agua sobre el chancho. Era una fiesta roja y gris, de sangre y humo.
Pronto la piel del animal quedó totalmente descubierta, rosada. Un poco mas de agua terminó de enjuagar el cuerpo y asi, sin más comenzó la carneada propiamente dicha. Para ese momento sólo se trequerían y se permitían las manos expertas, asperas y ágiles de Iglesias. Su enorme facón penetraba entre articulaciones, carne y piel, abriendo y trozando el animal. Los muchachos de la casa sólo intervenían bajo claras y cuidadosas instrucciones del peón que pr momentos se convertía en maestro del arte de la carnicería. Algunos trozos se guardaban en la carnicería para el asado del domingo, otros completaban la sangres para las morcillas y el resto para chorizo.
Ese era el próximo paso. En una carretilla se llevaron los trozos de carne a una mesa de tablones debajo del tinglado. Ahora todos participaban: mujeres, muchachos, muchachas y el peón. Con mano rápida y cuidadosa, empuñando los cuchillos despegaban la carne de los huesos y sacaban en lo posible grasas y nerivos. Los trozos de carne comenzaban a pasar por la picadora que despedía ruidos de congestión. Al rededor de la mesa los perros esperaban recibir un hueso mal pelado mientras su boca se hacia saliva que caía al piso. De vez en cuando la mano de alguno, sobre todo de las muchachas, se agitaba epilepticamente para espantar las moscas que revoloteaban. Por supuesto, un mate bien cebado por una de las señoras de la casa y engrasado por las manos de todos no dejaba de circular.
Cuando la carne se había picado toda se llamó a la cocinera. Ella apareció provista de varios paquetes y bolsitas, y como una bruja esparciendo polvos mágicos completó la mezcla con las especias mas perfumadas y coloridas. Las manos engrasadas de todos los que estaban al rededor de la mesa comenzaron a remover el picadillo a fin de que el preparado quede bien mezclado. La mesa quedó cubierta por un mantel de carne perfumada.
La cocinera cambió la boca de la máquina picadora por un pico delgado, como una canilla. Allí se disponían las tripas previamente lavadas y se rellenaban con la carne como globos de carnaval. La muchachada ataba apretadamente la puntas con hilo choricero y pinchaba la tripa levemente para quitar el aire de los chorizos. Las muchachas, de cuando en cuando sacudían las manos por el ardor provocado por la presión del hilo en su piel sin cayos. Sabían que más de una terminarían cortadas al final de la faena.
El que no sospechaba eso era Iglesias. Sus manos estaban recubiertas por una piel curtida, áspera, casi un cuero que delataba trabajo e intemperie. Nada hacía sospechar que, por un momento de distracción, su cuchillo iría rebelde a abrir su muñeca dejando que su sangre se mezclara ligera con la carne y con las lágrimas inmediatas de la muchachachada. Él no lloró.